En materia relojera, el acabado es un asunto de gran importancia. Practicado con un savoir-faire fuera de lo común, confiere a las piezas de alta relojería su verdadero valor añadido. Más allá de sus prestaciones, el valor de un movimiento reside en la calidad de las superficies, por más que sean de un tamaño ínfimo. Según el caso, las piezas presentan diferentes acabados: achaflanado, pulido, satinado, pavonado, perlado, grabado, esqueletado, decorado Côtes de Genève, etc. Las cajas y pulseras se trabajan con la misma exigencia de perfección. Los artesanos efectúan manualmente un pulido y satinado de primer nivel y, con el microscopio, acechan la más mínima imperfección. Otra de las preocupaciones de Piaget es evitar la caída de la pulsera, por lo que se fabrican sofisticados modelos que se adaptan mejor a la forma de la muñeca y cuyo montaje requiere mucha precisión. Cada elemento es sometido a cuidados y controles meticulosos, como por ejemplo, los índices y hebillas que, salvo alguna que otra excepción, están fabricados en oro de 18 quilates.